Había una vez un día que ya era otro.
Como que se había quedado estancado en el borde de esas 23 horas con 57 minutos de por vida. Su vida ya era extraña, distinta. Se había pasado casi 22 horas pensando en que haría el día mañana, una hora viendo en lo que había hecho hoy y 55 de los 57 minutos sólo se había quejado de lo lento que pasaban los segundos. Sólo en aquellos dos últimos minutos había pensado en él. En el primero de aquellos dos, no hacía mas que reír y disfrutar de sus recuerdos de hoy. El último minuto ni tuvo el tiempo para pensar en la tristeza. Se le había acabado todo. Lo divertía el congelamiento, pero no podía disfrutarlo. Mas bien lo descentraba. Desviaba su vista a la nada, y lo hacía esperar.
De pronto, el día despertó. Trató rapidamente de recobrar el sentido, seguir el curso hacia su mañana. Pero no era su mañana, era la de otro. Era otro día, mucho mas joven. Uno que no se congelaría en el abismo de la noche, con el pretexto de tratar de recordar. Este iba a ser distinto, se sentía.
Era joven, lleno de vida. Había decidido caminar por el sol, dejando atrás las veredas sombrias del frente.
Ese día estaba lleno de conciencia.
Era el primer día de todos los días en que el día había decidido no morir en el intento de no morir en vida.

Nada mas que la vida misma...
Precioso Andrés, muchas veces nos sentimos así, como en el limbo.
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juanita.
hermoso... me hizo llorar, es justo lo que necesitaba leer!!
Que no se nos pase el día. Nada más.